Bíblicas, de Waldo Leyva

BÍBLICAS

I

La crueldad de Abraham
no fue aceptar, por obediencia,
el sacrificio de su hijo,
sino hacerle cargar con los maderos.

II

Las hijas de Lot
usaron el vino
para que su padre
entrara en ellas
y tener descendencia.
Todavía hay quienes dudan
de la fertilidad de la embriaguez.

III

El hecho de que Sara
fingiera ante el faraón
que Abraham era su hermano,
no fue a causa del miedo del profeta,
sino una simple táctica de Dios
para poder castigar a los egipcios.

IV

Cuando Absalón, hijo de David,
decidió matar a su hermano Amnon,
no sólo estaba vengando el Ultraje a Thamar
sino que iniciaba, sin saberlo,
la ruta que lo conduciría hasta su propia muerte.

V

( Sobre David y Betsabé)

1

Dios puso a Betsabé delante de los ojos de David
y era tal la hermosura de la mujer de Uría
que la luz de la tarde brotaba de las aguas
que mojaban su rostro.

2

El rey la hizo venir hasta su lecho y entró en ella
y en el acto de amarla engendró un hijo
cuyo nombre y figura no recoge la historia.

3

Cuando Betsabé le dijo al Rey que estaba encinta,
David hizo regresar a Uría de la guerra
y le ordenó: ve a tu casa, lava tus pies.

4

Pero el soldado durmió a la puerta del palacio
porque no creyó justo comer junto a la lumbre
ni yacer con su mujer en paja caliente
mientras sus compañeros de campaña
dormían sobre la incierta tierra.

5

David lo sentó a su mesa y Uría comió delante de él
y bebió su vino hasta embrigarse
y cantó las antiguas canciones de los soldados
pero volvió a dormir sobre el duro suelo,
delante de las puertas del palacio,
desoyendo la voluntad del Rey.

WALDO LEYVA

Agradezco la noche, de Waldo Leyva

AGRADEZCO LA NOCHE

Aquí estoy, nuevamente amanecido,
dispuesto a soportar hasta que vuelva
la noche irremediable.
Cuento los días y me resulta eterno
el tiempo que supongo me separa
del silencio sin ruido.
Estoy como en un pozo
pero viendo la luz solo en el agua.
En un sitio del mundo
comenzará otra guerra
y vencerán los muertos a los muertos.
De aquello que fue el rostro del amigo
queda sólo una mancha, un tatuaje
que ha dejado la máscara en la piel.
¿Quién le cortó los hilos a la rueca?
¿Quién me dejó sin calles, sin laguna
con una puerta sólo hacia la infancia,
hacia el agua del pozo?
Aquí estoy, nuevamente amanecido,
ha sonado el teléfono,
comienza la ciudad su ruido informe,
y siguen los semáforos en rojo.

WALDO LEYVA

El hueco gris de la madera, de Waldo Leyva

EL HUECO GRIS DE LA MADERA

Soñé que estaba muerto.
Este sueño me habita desde siempre.
De niño lloraba junto a un féretro vacío
o, asombrado, interrogaba a un público sin rostro
que abrumaba la sala de una casa desconocida todavía.
Anoche este sueño era distinto.
El hueco gris de la madera tenía mi cuerpo,
y aquel era mi rostro de los 20 años.
Sólo mis ojos no eran mis ojos
ni tampoco los ojos que me esperan.
De espaldas, en la sala vacía,
una mujer que pudo ser mi madre
cantaba en silencio esa canción de cuna
que nunca le escuché.
El sueño de mi infancia no me dejaba andar
pero el sueño de ayer me devolvió las piernas,
el único sendero era mi rostro,
un rostro que a los veinte años
no podía creer que la esperanza dejara cicatrices.
¿Será cierto, Vallejo?
¿Murió mi juventud y estoy velándola?

WALDO LEYVA