Un poema de Tagore

Tus ojos me preguntan tristes y quieren ahondar en mi sentido como la
luna en el mar.

Sin esconder ni retener nada, te he desnudado mi vida, desde el
principio hasta el fin.

¡Por eso no me conoces!

Si yo fuera solo una joya, podría partirme en mil pedazos y hacerte
una sarta para el cuello.

Si yo fuera solo una florecilla redonda y dulce, podría arrancarme de
mi tallo y ponerme en tu pelo.

Pero ¿dónde están, amor, los confines de mi corazón?

Tú no conoces bien mi reino, aunque seas su emperadora. Si esto fuera
solo un momento de placer, florecería en una sonrisa fácil y tú
podrías verla y comprenderla en un instante.

Si fuera esto solo un dolor, se derretiría en claras lágrimas y tú
verías lo más hondo de su secreto sin hablar él una palabra. Pero esto
es el amor. Su dolor y su placer no tienen límites, y son sin fin en
él necesidades y tesoros. Está cerca de ti como tu vida misma, amor
mío, ¡pero tú nunca podrás llegar a conocerlo del todo!

Tagore

Uno de Tagore

Gitanjali (7)

Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha quitado sus galas para ti. Porque ellas estorbarían nuestra unión, y su campanilleo ahogaría nuestros suspiros.

Mi vanidad de poeta muere de vergüenza ante ti, Señor, poeta mío. Aquí me tienes sentado a tus pies. Déjame sólo hacer recta mi vida y sencilla, como una flauta de caña, para que tú la llenes de música.

Tagore

La Cosecha

Me cogiste de la mano, me llevaste contigo, y me sentaste en el trono, delante de los hombres. Me fui volviendo tímido, incapaz de acción, inútil para el camino. Dudaba de todo, y discutía conmigo a cada paso, no fuese a pisar espina en el favor humano.
Vino la piedra, sonó el tambor del insulto, y mi silla rodó, humillada, por el polvo. ¡Libre al fin! Los caminos, abiertos ante mí; mis alas, llenas del afán del cielo! ¡Me voy con las estrellas errantes de la medianoche, a hundirme en la sombría profundidad! ¡Soy como la nube del verano en el huracán, que se quita su corona de oro, y se cuelga el rayo, igual que una espada, en la cadena del relámpago! ¡Con qué desesperada alegría corro por el camino polvoriento de los desdeñados, a tu bienvenida final!
El niño encuentra a su madre cuando sale de su vientre. Ahora que estoy separado de ti, echado de tu casa, ¡qué bien te veo tu rostro!
Rabindranath Tagore