La garza sin sombras, de José Kozer

El sauce añoso en el jardín rebasa los tejados. 
Cuelga
un columpio de alguna rama inabarcable hacia las 
tapias. La veda
se inició
y los corzos musitan por los campos nevados. El gallo
todavía
de madera, cuatro escarchas la rosa de los vientos en 
la cúspide de los tejados. Lejos
aún
el reverdecimiento del fuego en la nieve surcada de 
pezuñas. Muy lejos un clamor de traspatios, el 
zumbido libérrimo de las moscas hacia los altos 
fuegos, un golpe
de oquedades
enormes las lavanderas a la hora de la colada. Y 
pasarán los días, pasarán
unos meses
redondos con su chispo de horas, las niñas habrán 
dejado de apoyarse sobre el alféizar ancho
de la ventana
del altillo, habrán bajado de dos en dos cantando los 
viejos escalones en la crepitación de una 
escalera caracol, abruptas
habrán
colmado el jardín hacia las tapias y los altos tejados, 
habrán deshecho ya una vieja sombra en el 
columpio
con sus pantomimas.

Zazen, de José Kozer

Desde una ventana en altos la lancha seguida por el 
martín pescador, avanza.
Las aguas, forjan el estero: las aguas forjan una 
península.
No desembocan.
En una habitación el pescador al alba se rasura 
delante de un pedazo cuarteado de espejo 
delante de la jarra sobre la palangana que 
extrajera de alguna rotura del agua.