Telescopio en la noche oscura, de Ernesto Cardenal

Amada y amado. La amada
mira desde la alcoba la luna que asciende.
Una motocicleta en la calle acelerándose.
El amado sin prisa por ir a la cama.
 
Yo nací para un amor extremista.
Tal vez por eso nos comprendemos.
¡Más extremista sos vos!
Y yo te conozco poco todavía.
 
La mejor garantía de que es cierto
y no invención mía
es que no me des goces.
Amado misterioso que no gozo
¡nada quiero sino estar contigo!
 
Te vas y volvés,
inconstante gurrión,
y otra vez te vas.
 
¿Qué gano que la luna sea bella
si estoy sin vos?
No quiero siquiera verla sobre el lago.
Para otros será ella.
Los rumores misteriosos de la noche.
Si son sin vos.
 
Un cruel vidrio invisible nos separa.
Infinito abismo entre los dos
y querer abrazarte.
Y tal vez abrazarte.
O creer abrazarte.
 
Este parque de Madrid… Mira tú
mi amante inmaterial los cuerpos que se besan.
Si vos me querés
y te quiero yo
¿qué es pues lo que no nos une
en el universo?
Como si estuviéramos en universos paralelos.
 
Si oyeran lo que te digo a veces
se escandalizarían. Que qué blasfemias.
Pero vos entendés mis razones.
Y además bromeo.
Y son cosas que los que se aman se dicen en la cama.
 
Yo pregunto
¿será normal que me ames tanto?
 
Yo pregunto
¿cómo será la belleza que tú amas?
¿cómo serán mis ojos que tu ves?
¿la cara que te encanta?
 
Yo tengo un amor secreto
que ninguno ve.
Tan secreto lo tenemos
que sólo a mí me ven.
 
Electricidad es una manera de hablar.
Lo igual se repele y lo opuesto se junta.
Como macho y hembra. Pero
positivo y negativo es una manera de hablar.
Yo te amo como opuesto,
y no es una manera de hablar.
 
El que todo en el universo es macho y hembra
(aun lo homosexual lo es a su manera)
el que todo es macho y hembra es para mí confirmación
de que el celibato es matrimonio.
 
Quien contiene en sí mismo la razón de su existencia,
causa de todo y no causado por nadie…
“Bueno, aquí con franqueza; ¿ese es tu amigo?”.
Sí. Me imagino como dos que se apartan del grupo
y se pasan todo el paseo conversando a solas,
las olas reventando abajo, el agua atigrada,
la lenta puesta de sol sobre el Pacífico.
 
Sin una identidad especial
ni solicitud por los seres humanos,
leo en un científico.
 
Identidad, no lo sé;
pero cuida de cada uno de mis electrones.
Dentro de todos mis electrones está él.
 
No afectado para nada por la existencia del universo
según la Escolástica.
¿Verdad que no?
 
¿Qué pasa pues entre vos y yo?
¿Es tal vez que vos me querés
pero que no me quiero yo?
Que no me quiero yo puede ser
pero eso no impide nuestra unión
si vos sí me querés y te quiero yo.
 
Será infinito el que yo amo
pero sin sentirlo de infinitos amores
con amantes infinitos
sino mi amado es mío solamente.
Infinito es pero infinitamente mío.
En lo referente al amor Dios no es uno.
Hay infinitos Amados, uno para cada uno.
Yo lo sé. Yo tengo el mío.
Yo lo conozco, y él infinitamente
me conoce.
 
Cuando yo estaba enamorado de ella así era,
aquellas tardes en Tacubaya con un cigarrillo,
pensando en ella, ella en su Granada semi-iluminada,
yo sin otra realidad que mi cigarrillo
y las centellas de los tranvías en los cables eléctricos
entrecruzándose sobre las calles de Tacubaya
y las muchas luces de neón en la noche de México
que sólo daban más luz a mi separación.
No, el amor era irreal. No está bien la comparación.
 
Dicen que eres proceso y no persona.
Para mí, proceso o no proceso, es personal.
Cuándo caíste en mis redes no lo sé.
¿Desde que yo era un chavalo jugando beisból?
¿O desde el Pleistoceno, o más antes?
¿Fue gradual o súbito?
Tal vez tú me dices: desde siempre.
 
Me quitaste todo,
dáteme todo pues.
 
Me intriga qué sería lo que te gustó de mí.
Tal vez un alma de ojos tristes.
Y un sabor no probado por nadie todavía.
 
Pareciera ahora que no me quieres.
Peor aún, que ni siquiera existes.
Aunque no existieras yo te quiero
y podría quererte sin que me quieras.
Pero eres, y quiero al que me quiere.
 
Aunque tú no vengas conmigo esta noche
mi alma ha quedado abierta para ti.
Por si vinieras. Si tú no vienes
estará abierta de todas maneras para ti
y nadie más.
 
Si pudiéramos concebir el infinito
sabríamos cómo nos ama.
Pero como el infinito para nosotros es igual a 0
sentimos 0
(lo cual se alcanza en la más alta oración)
Mejor unido a ti a quien no siento,
a quien de veras del todo nada siento
que cualquier otro amor que sienta de veras.
Amado, los prados están en flor.
Feliz amor que me ha tocado, que es
¡ay! Amor = 0
 
Sentí ayer tu cara más dentro que mis ojos
y hoy a años luz de mí como en otra galaxia.
Las miradas tristes de Ernesto para ti
¿las has visto?
Yo, maestro en soledades.
 
Mercenario no soy en este amor.
Amor quiero yo, no sentimentalismos dulces.
Podría ser aridez solamente. (Yo lo aguanto.)
Si he sido íntimo de la tristeza tanto tiempo.
 
Si de nada,
si de no sentir nada se trata,
el mío es un perfecto amor.
Si de no sentir nada se trata.
Y en efecto se trata.
 
Amando al que tiene tanta belleza
que no la vemos.
La luz del rostro como si fuera ultra-violeta.
 
No permitas que yo lo quiera, que esto pase:
desearte y ya no poderte ver nunca más.
Tú perderás mucho también.
Pero de nosotros dos yo pierdo más que tú.
 
Le dijeron a Gioconda Belli en aquel bar
que ella podría entrenarme en erotismo
y dijo que me podría entrenar bastante.
Yo callé. Hoy pensé
que hay un erotismo sin los sentidos, para muy pocos,
en el que soy experto.
 
Hay un murmullo entre las hojas
-el otro arrullo no se oye-
como si fuera dentro de mí
esperando el tuyo.
 
El ir amándote mientras viva
sin esperar nada de ese amor
igual que si no existieras
y persistir no obstante el amor
¿no es esto, Amor, amor de veras?
Gime, gime, gime
gime gime gime gime gime
gemido repetido es el arrullo
si querés que vaya, iré,
si querés que vaya, iré.
 
Duro es,
pero no me quejo del amor incorporal
que me tocó en suerte.
Me querías sólo para vos.
Y ya más solo no puede ser.
 
Dulzura con que se aman
en los parques o cines o en alcobas,
y cómo será la de nosotros,
tanta que no la sienten los sentidos,
dulzura más allá de la dulzura ¡ay! más allá.
 
Cuando joven me sentía
campeón en capacidad de amar
-y en realidad lo era- ahora lo soy
en cuanto a soledad.
 
Quien fuera incansable en la espera
en el atrio de La Merced o en la esquina
podría esperarte la vida entera,
creador de aquella que yo quería.
 
El mar, la rosa, la mujer,
toda cosa nos habla de Dios.
Pero la mujer con bikini en el mar
también nos dice que no es Dios.
Todo ser es transparente, pero
la transparencia no es otra cosa
sino un no ser para que pase la luz.
 
Únete a mí aunque no te sienta, aunque
mi conciencia quede afuera con el frío.
Señor mío y Dios mío de mis frustraciones.
Al menos juguemos a que somos amantes.
 
Los que tenemos los brazos sin abrazos.
El ermitaño medieval que envidió un gallo.
Revolver un poquito de pelo tan siquiera,
roce de unos labios después, roce de un cutis,
amor como un maremoto del alto de las palmeras.
Mis condiscípulos se rieron
cuando grité al Padre Otaño venir a ver el fenómeno
de dos insectos pegados de la cola.
En otra etapa de mi vida
he envidiado no sólo a mi niñez perdida sino
a los insectos.
 
Amor, el de los dos, sin sexo
pero que es como si fuera sexo.
No fisiológico, ¡ay!, no corporal
pero del cual es imagen fugaz la cópula.
 
Como la pareja impaciente en el parque esperando la
noche.
 
Superintelecto del universo
te han llamado.
Yo simplemente te llamo:
mi amado.
Conmigo sí jugaste a los dados
y arriesgaste tanto
y muchas veces a punto de perder
y ganaste.
¿Pero los dados no estaban cargados?
Ciertas veces te extralimitaste
en cuanto a mi libre albedrío.
Era tanto tu amor
que lo violaste.
 
Un día te abrazaré fuera del tiempo
donde todo sucede al mismo tiempo.
Girando, girando sobre su eje,
girando, girando día y noche,
y hay día y noche por su girar.
De otros planetas no sabemos,
pero tú has hecho que en este nos durmamos,
y yo reclinado en tu pecho me he dormido
mientras suben y bajan los aviones.
 
Hoy no tuve ningún momento de oración.
¿Qué acaso eso es estar menos juntos?
 
No sé dónde acaba el follaje real
y dónde empieza el follaje del agua.
Estos paisajes con agua
donde el agua todo lo refleja
y que tanto nos encantan
son el reflejo de tu rostro
por lo que nos encantan tanto.
 
Esa unión misteriosa en automóvil
por calles de Managua, carreteras,
que es tan tierna, y que nadie nota.
 
Libre albedrío en todas las galaxias.
Terror del universo el libre albedrío.
Poder perderte, amor mío, si yo quiero.
 
En la hamaca sentí que me decías
no te escogí porque fueras santo
o con madera de futuro santo
santos he tenido demasiados
te escogí para variar.
 
Y yo que había sido tan enamorado.
¿Tuviste celos?
 
La dulzura de ciertas palabras como
“nosotros dos”.
Deambulo solitario entre los besos.
De mis soledades vengo
no vuelva a mis soledades.
Sentí que la eternidad
será estar juntos los dos.
Dios me quiere como si yo fuera Dios.
Alguna vez yo seré experto en amores
en tu cama, entre las sábanas.
Sexo de Dios.
 
El que amó más de todos sus compañeros,
el que amó más en toda su generación,
amando ahora un tal ser trascendente,
como decir un tipo no existente.
En qué has venido a parar, Ernesto.
 
Tú podrías inspirar mejor poesía si quisieras
en versos que circularán tal vez en toda
Hispanoamérica
y despertarán tal vez en otros que lo lean
un amor mayor que el que pudo tener por ti el poeta.
 
“No entiende cómo entiende” dice Santa Teresa.
Si es oración o no es oración qué importa.
Simplemente mi alma está acostada boca arriba
esperando que te eches sobre mí.
 
Amar a un amor que no envejezca
y amarlo sin que envejezca yo.
Bellísimo lo visible, ya lo sé,
pero más bellísimo lo invisible
no se ¡coño! de qué otra manera llamarlo
a eso, eso que es donde haces el amor.
 
Mi consuelo es recordar lo que me hiciste aquel 2 de
junio.
Ahora estás tan lejos de mí como Ileana ¿te acuerdas?
Y la galaxia de Andrómeda.
Cuando Ileana estaba más lejos de mí en la calle
Candelaria
Que la galaxia de Andrómeda.
Mi consuelo es recordar lo que me hiciste aquel 2 de
Junio
hace 37 años.
 
Entras otra vez como música, como luz,
música sin ondas acústicas, luz sin fotones.
Caricia sin el tacto, sólo la pura caricia.
El que inventó el sexo
¿no sabrá amar?
 
La alegría de estar enamorado
¿cómo la describiré?
Es no tener ya un corazón solo,
aquella habitación deshabitada,
ahora ocupada por quien uno ama.
Es que quien era uno ya son dos.
 
El infinito y yo,
bastante tiempo ya de estar juntos,
y de tenernos confianza ¿no?
Cuando aun decir yo te quiero sale sobrando.
Son muchas las palabras y dicen poco.
Mejor el silencio. El mirarte del alma muda
los ojos húmedos como los de un perro.
 
La verdad es
que yo fui el de la primera iniciativa.
No que yo te amara primero, sino
que aún sin amarte siquiera, de tan derrotado
el 2 de junio declaré mi rendición incondicional.
De ahí fue todo.
 
“Oración de quietud”, después de “unión”…
Santa Teresa tiene el Vademécum.
Rompé conmigo tus esquemas.
Aunque tengamos una relación clandestina, ilícita.
 
Estamos los dos solos
en mi casita blanca frente al lago.
 
Delante del follaje verdeoscuro
el vuelo de la garza es muy blanco
pero sale de la isla y entra en el sol
y no se ve.
Estamos solos los dos
aunque sólo a uno se ve.
 
Efímero era, superefímero
aquello que yo renuncié,
pero no fue por lo no-efímero
¿querés que te sea sincero?
sino que fue por lo que no es.
Pero, pero
prefiero este llorar tu ausencia, y
tu no estar, tu – yo no sé – tu no ser.
Sin ser yo un gran gustador de ausencias
¿querés que te sea sincero?
ninguna presencia es mejor.
 
Anoche soñé con un coito, un sueño realista,
hiperrealista.
Me martirizás con la carne
para que te quiera más
mas no carnalmente.
 
Aquel mediodía del 2 de junio del 56
cuando entraste dentro de mí y me hablaste
y yo no estaba enamorado todavía.
 
El río de un verde casi negro
menos donde el cielo se refleja
pero se refleja en un espacio negro.
No con esto estoy en comunión.
Amado, hagamos el amor.
No sé qué entienden por “dar gloria a Dios”. Sí el amor.
 
Para mi la gloria es
tener a Dios en mi cama o en la hamaca.
Gocémonos.
Los alcaravanes van volando.
Gocémonos, amado.
 
Estás más cerca de mí que yo mismo.
Por eso pues parecés tan lejos.
Imagino que me tendrás mucha lástima.
Cómo será aquél día cuando dirás Ernesto.
 
Celos ya no tengás.
No me engañarán más
espejos de belleza física.
 
Mi felicidad fue poca. La soledad es total.
Yo quien un día fui tan romántico enamorado:
abrazar sin brazos, amar sin emociones.
Dulce sería llorar pero es retórico.
Tal vez te gustó lo romántico y enamorado.
De entre cien mil me escogiste.
Atrás quedaron los epigramas y las muchachas.
 
Yo he sido capado,
no en las cárceles de Somoza
sino por el Reino (Mt 19,12).
 
Joaquín Pasos en aquel bar
después de estar en un cuarto con su mujercita,
a Juan Aburto:
“Poeta, Dios está en el coño de las mujeres”.
Está en todas partes dice el catecismo.
Pero no está lo mismo en todas partes.
 
Y:
Eunucos. Por amor al Reino de los Cielos.
No es broma tampoco.
 
Átomos míos,
que son míos sólo brevemente,
porque después vendrán otros,
díganle a mi amado que seré suya
cuando esté de todo átomo desnudada.
 
Por amor al Reino de los Cielos.
Orígenes lo hizo literalmente.
 
A veces sin amor, las más veces, o así parece,
o el amor solitario de mi mismo, el pobre yo,
en un universo pululante de tanto otro. O tal vez
no, no el amor solo de mi sólo, sino sutilmente,
que ni se siente, otro, tan cerca de mi como yo.
 
Tomarse con los brazos el uno al otro,
dándose cada uno a los brazos del otro.
Qué diferente sentirse dentro de uno
que sentirse uno solo dentro de uno,
es decir, vacío.
¿Será que es soledad tu abrazo
Y tus besos sólo sed?
Me parece oírte que de mi no te sacias nunca.
Yo que fui antes buen catador de amarguras.
 
Me eriza pensar
cómo será que dices
cuando dices mi nombre.
 
Y lo que vos me proponés para después.
 
Aquella noche en la Isla Vancouver
abrí la ventanilla del motel
y al ver las estrellas
casi lloré.
Eran tantas esa noche
Y me besabas con todas ellas.
 
Te enamoraste de mí.
“Llámesele Dios si uno quiere”
Dice un libro científico.
No me importa si así te llamo
o no te llamo
pero te amo.
Que aunque no me amaras yo te amo.
 
Suspirar muy hondo
y volver a suspirar.
Pensar:
¡Que yo te oyera suspirar!
 
Yo he sido muy ardiente.
La historia de mi vida ha sido una historia de amor.
¿De amor? ¡De soledad!
De soledad y amor.
 
De soledad
Sexualmente
muy ardiente.
 
He aquí que tu amada está desnuda.
¿Se pondrá la túnica otra vez?
 
O como olvidado de la creación
para estar conmigo. Para jugar.
Sobrevolaba el amazonas, el laberinto de aguas,
ríos bifurcándose hasta el horizonte. Borges
no estuvo aquí pero lo vería en sus noches
insomnes y ciego.
 
La avioneta debajo de las nubes, casi tocando los ríos.
Yo sin sentirte creador de todo esto.
Te tendría miedo. Te siento
alguien pegado a mí, de igual a igual.
Para amarme debes ser de mi tamaño.
Con diferencia abismal
¿cómo podría quererte?
 
Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera.
Y por tu pasar moriré aunque por tu pasar nací.
Como San Francisco de Borja yo quiero ahora
amar a alguien a quien no toque el tiempo
y que alquilemos un cuarto donde la noche no pase
ni se apaguen uno a uno los anuncios de neón.
 
Suponiendo millones de planetas con conciencia
en millones de galaxias, como es lo correcto,
me sorprende que teniendo en todos tantos amores
tengás esta relación tan especial conmigo, como
por ejemplo en el aeropuerto de Denver al cambiar avión
yo aparentemente solo en el barullo de pasajeros:
estábamos sentados juntos como dos novios.
 
Yo que he tenido la mala suerte
de que Dios se enamorara de mí.
He quedado fuera del juego erótico.
Otros en esos juegos se reirán de mí.
Cuando mi amor en Granada
ilimitado ¿estabas celoso?
Mis deseos sexuales han sido y son
tan sólo analogías de mi amor a vos.
Creo que te agradan mis deseos sexuales.
 
Si como algunos piensan hay infinitos universos
¿habrá infinitos Dios, uno para cada universo?
¿o uno solo infinito para los infinitos universos?
Me da igual. Yo he hecho un lecho entre las flores
más allá de las ecuaciones y matemáticas.
Yo misma soy el lecho.
 
No sería creyente si no fuera
porque ya probé tu placer.
Quien inventara el placer sexual,
ese mismo nada menos.
¿Has venido otra vez a atormentarme,
a excitar mis deseos?
Si entraras.
No sólo pecho contra pecho,
como lo has hecho, sino también entraras.
No es lo mismo estar juntos que ser el mismo.
 
“No tengo otro” le he dicho
y repetido muchas veces.
Y oí que me decía dentro de mí
no con palabras propiamente
o sí con palabras confusamente
pero precisas, decía dentro de mí
o desde el fondo del universo:
“Y yo no tengo otro más que tú”.
 
No siento escrúpulo por no poder orar.
Juntos el infinito y yo, yo
sin sentir lo más mínimo.
Igualito que si Dios no existiera.
Simplemente nada. ¿Cabe con respecto al infinito
intimidad mayor?
 
Nuestras relaciones…
Esta simbiosis que somos.
Vos sabés lo que buscaba:
belleza que no engorde,
amor que no se aburguese.
Por otra parte voz:
querías tener amor con alguien
por lo que fui hecho.
Yo no hice nada para enamorarte.
Todavía chorrean sangre
mis renuncias.
 
¡Poder conformarme con belleza natural
y no buscarte más a ti, el inmaterial;
belleza natural; si incluso la mujer desnuda
me saciara, y yo ya no fuera tras de ti inconsolablemente!
 
Y Merton: su última advertencia
en el Guest House antes de admitirme en el claustro:
“La vida del monje es
un semi éxtasis y cuarenta años de aridez”
No me dio miedo.
 
Cuando aquel medio día del 2 de junio, un sábado,
Somoza García pasó como rayo por la Avenida Roosevelt
sonando todas las bocinas para espantar el tráfico,
en ese mismo instante, igual que su triunfante caravana
así triunfal tú entraste de pronto dentro de mí
y mi almita indefensa queriendo tapar sus vergüenzas.
 
Fue casi una violación,
pero consentida,
no podía ser de otro modo,
y aquella invasión de placer
hasta casi morir,
y decir: ya no más
que me matás.
Tanto placer que produce tanto dolor.
Como una especie de penetración.
 
Oro árida oración
en el hotel en que me metieron
entre rascacielos de vidrio
cuadrangulares moles escalonadas
reflejando el crepúsculo en los cristales
o reflejados otros rascacielos de cristal
con el cielo también tras ellos reflejado
pero más brillantes que el cielo los rascacielos
con sus vidrios negros luminosos
y ya algunos encendidos dentro,
reflejando otros vidrios de enfrente negros y brillantes
y los encendidos,
reflejo de reflejos estas moles
y en esta oración nada oro, nada
de palabras, ideas ni emociones,
su única razón:
que te eleve esta oración en la fría simetría
de nadas sobre nadas reflejando nadas
en 50 St. & Park Ave.

Cántico cuántico, de Ernesto Cardenal

CÁNTICO CUÁNTICO
(fragmento)

Acércate a esta roca junto al mar y mira:
es casi enteramente espacio vacío
(mírala electrónicamente)
es evanescente espuma toda ella
como la espuma de mar que de las rocas nace y en las rocas se deshace…
Efímeras partículas que no están ni aquí ni allí,
yendo y viniendo al azar de las olas de un mar vacío.
Partículas que surgen de la nada y vuelven al olvido.
Viajan del vacío al vacío.
¿La palabra realidad no es utilizable para las partículas?
En principio no hay el vacío absoluto.
O un vacío absoluto en todos sentidos.
El electrón puede no haber salido de ninguna parte
pero dejó algo en la nada de donde salió,
una especie de hueco en el vacío, o invisible burbuja de nada.
¿La posición de una partícula en el espacio
es dependiente de su posición en el tiempo?
La gravedad es el espacio-tiempo curvado, enrevesado.
Y al mismo tiempo el espacio-tiempo tiene estructura de espuma
y se desvanece como la espuma sobre la arena.
¡Caótico mar donde aun la noción común de lugar desaparece!
Y donde el mismo espacio puede cambiar y moverse
(y hacerse espuma).
Vivimos sobre un mundo de electrones indeterminados,
intercambiando fotones de posición confusa, fotones
perdidos en la niebla de la incertidumbre cuántica.
Que son como la casi invisible bola de tenis
que caprichosamente hace moverse a dos jugadores
con movimientos indeterminados pero también bien determinados.
Un mundo que no es sino una nada estructurada.
Las fantasmales semiformas del vacío
en el agitado mar de cuantos virtuales que son todo el espacio.
Partículas elementales que no parecen poseer estructura interna
y juntas constituyen todas las formas conocidas de la materia.
Partículas fantasmas yendo y viniendo, apareciendo
y desapareciendo.

Partículas que bailan loco rock en un salón de engalanada nada.
No son
exactamente electrones fantasmas los de las ecuaciones cuánticas
sino realidades fantasmas, mundos fantasmas
que sólo existen cuando son observados.
Einstein no lo aceptó en toda su vida.
La incertidumbre como propiedad inherente a la materia.
Esta intangible cualidad de las partículas cuánticas
Nadie entiende la física cuántica
dijo Feynman.
Así los cuantos:
como no hay orden en estos cantos.

ERNESTO CARDENAL

Un Cántico Cósmico, de Ernesto Cardenal

CÁNTICO DEL SOL

Lentamente el sol sale del mar,
mejor dicho lentamente la tierra dando vueltas…
pareciéndonos que el sol sale del mar.
          Sol sólo gas.
Y sol que comemos.
Pues las plantas comen energía solar
y los animales plantas o animales comedores de plantas.
          Clorofila verde y hemoglobina roja.
          Así a todos el sol nos alimenta.
Por la radiación solar nació la vida,
compuestos orgánicos fusionándose
en grandes comunidades  moleculares
bajo la influencia de la radiación solar.
La vida: unas cuantas combinaciones de aminoácidos
con infinidad de formas.
           La atracción de la tierra hunde a las raíces
           y la atracción del sol levanta los tallos.
Y nosotros también como plantas, entre la tierra y la luz.
Él tuvo que ser estable por millones de años
de evolución, hasta la producción de conciencia bajo él.
           No se apagó antes de nosotros.
(Nosotros entre la tierra y la luz.)
           Y hasta la luz de un foco de mano,
o de unos ojos,
                      viene del sol.
De él proceden los colores de la tierra.
                 (Ese montón de hilos
                  que te cubren toda la cabeza
                  y bajan enrollados hasta tu espalda
                  ¿de qué mina sacaste o qué joyería?)
Movimientos de las moléculas del ojo tocadas por la luz
eso son los colores.
Y nosotros sólo vemos el 30% de la luz. Los unicelulares
la entera luz solar. ¡Ven el mundo como es!
           Como yo veré un día como es.
Extra-planetriamente tal vez. O tras el universo visible.
           Y afuera las heladas tinieblas,
el oscuro vacío entre estrella y estrella
donde soles muertos como carbones apagados,
                                                          escoria, ceniza,
vagan con sus planetas helados y negros.
Donde la materia se hunde en el “hasta nunca” de los hoyos negros,
el espacio-tiempo convertido por la gravedad en hoyo negro,
en hoyo negro del que ni la luz escapa.

Pero nosotros como las plantas entre el sol y la tierra,
tierra de donde Perséfone sale cada año en primavera.
Las plantas hechas humus hechas plantas otra vez.
Y brota la sangre de Adonis en anémonas rojas.
Los tejidos se destejen y vuelven a tejer.
Materia orgánica, moléculas simples, y otra vez materia orgánica.
Y Perséfone otra vez sale del Hades
hacia la luz.

Si no hubiera ojos que la vieran
no habría luz.
¿Imaginamos una luz sin ojos
           o los ojos sin luz?
¿Habría luz por dondequiera en el universo
sin que nadie la viera?
Pero, como se sabe, los ojos los creo la luz
para que hubiera seres que la vieran.
La Tierra salió del sol (y su agua).
Del sol es esta agua, con su vida y sus colores
y su luz.
                Esta agua de San Blas
     llena de luz.
                Donde van y vienen los peces
     unos como anuncios de neón,
                            o amarillo de semáforo.
Fosforescentes,
         o como pintados por una pintura fluorescente,
                   iridiscentes,
                                        rutilantes,
         otros como iluminados por dentro
                  -luz extraña en sus entrañas-.
Pescaditos que se acercan curiosos como turistas.
O donde el pez-ángel nada sesgado para mostrar mejor
su negro con barras amarillas.
            La luz atraviesa la transparencia
                        y la arena blanca la refracta.
La atmósfera es turquesa
                                       en el bosque mágico.
Animales en forma de árboles
           y oros en forma de hierbas o de hongos
y entre ellos otros corren y relumbran.
Pólipos inmóviles o con móviles tentáculos,
             hambrientos látigos.
Corales suaves meciéndose
         y otros hechos roca. Claveles
de roca.
          Colores sobre colores
                                         tras otros colores
                en tembloroso cristal.
El suelo arena de corales, algas calcáreas, foraminíferos.
              Un pez pintarrajeado como payaso
    -hocico rojo y negro con un parche blanco-
                       y pasan otros con antifaces
o con ojos protuberantes como con anteojos.
            Bosquecillos de bonzai,
                           donde un diminuto dragón asoma.
   Medusas como un paraguas de agua.
Moluscos suaves como mucosas.
                                                Lechugas pétreas.
La luz difusa.
                     Acantilados carnosos
o de algas calcáreas.
                                        En un agua como aire.
O como líquida luz.
            Abanicos morados moviéndose con el agua
como mujeres abanicándose.
              Rojos guijarros pulidos que son plantas.
                        Alfombras gelatinosas
atrapando la luz
          por fotosíntesis.
                                   Transformación de la luz
en alimento.
                      Cuerpos color de agua turbia
           o color de arena blancuzca
o lomo como agua clara en sol.
            Pez Miró. Pez Paul Klee.
Colores-alimentos que vienen y van.
          Colores y luces vivientes
                                que vienen y van.
El sol metido en el agua salida de sol.
Corales con circunvalaciones de cerebros.
            Bifurcados como astas de venado.
Como helados de vainilla derritiéndose.
Como ramas de pinos cubiertas de nieve.
Allí se mecen lirios. Grandes plumas de ave.
El verde pez-loro come suaves corales verdes
defecando una nube de arena de oro mientras come.
                Gardúmenes en danza
          y algún pez meditativo.
                                              Aquel arlequín.
Pescados dorados y plateados.
      O bien dorado con negro, y otros negro con plateado.
Rascacielos.
                  Catedrales.
           Milenarios animales estos corales.
Luz sumergida.
            El sol dentro del agua venida del sol.
La luz líquida, y el agua como sólida.
La luz está hecha agua y el agua está hecha luz.
                 Jungla bajo el agua.
                                                    Como en un sueño.
      Animales en forma de dalias o margaritas.
                                     Pastizales pétreos.
Y allá las hendiduras pobladas de peces.
          Parches de algas confusas, opacas.
Púrpura, crema, lila: las esponjas.
            Fauces entreabiertas cercadas de tentáculos.
                   Un voraz color naranja se enrosca y desenrosca.
                            Silenciosos helechos ondulantes.
     Blandas cadenas de discos de carne.
La energía luminosa en alimento,
                                                convertida en alimento.
Tallos ramificados y en ellos
                         los pequeños retoños de medusa.
            La barracuda juvenil
                   entre pececillos plateados aterrados.
Otros curvándose, dándose vueltas, volantines,
                                                     loop-the-loop.
Arriba el sol rebrilla en la narigueras de oro,
       los anillos de oro en la nariz
de las muchachas cunas, que a la orilla
del mar, bajo las palmeras
              cosen sus molas de muchos colores,
y del sol son todos los colores de sus molas,
         en esta isla de San Blas que salió del sol
con sus palmeras y todo
              -el sol es también San Blas
                  y los indios son sol-.
Sobre agua aguamarina, en su canoas,
los hombres están pescando,
                   más allá la larga red tendida,
donde se pasa de aguamarina a azul profundo
y te ponés la mano sobre los ojos por tanta luz
           que te quema los anteojos,
por tanta luz, en los ojos que creó la luz.
La luz viaja a 300.000 kilómeros por segundo
¿pero por qué viaja la luz y hacia dónde va?

ERNESTO CARDENAL