Volando en círculo

camino de vencejos
sobre el techo de la ciudad

ellos vuelan en círculos
cantan en círculo

mis ojos también danzan en círculos
sobre el techo de la ciudad
pasan raudos entre las chimeneas y las antenas
atraviesan un cielo de mosquitos

parecemos todos volar
rozando la copa de un árbol
rozando una nube rosa

al amanecer los vencejos
cierro los ojos
y aún están volando en círculos

E.

Oficio de poeta

cierro los ojos
para escribir cierro los ojos

cuando los cierro
¿a dónde miran mis ojos?
¿en dónde son mirados?

mis ojos
que se parecen a otros ojos
que se abren y se cierran con la misma intensidad
que son poseídos por la luz
y las sombras
de un lugar sin lugar
¿cómo es que logran sobrevivir a esta angustia?
¿cómo es que encuentran una mirada tras los párpados y florecen
en un tiempo sin tiempo?

estamos todos solos
nos miramos con los ojos cerrados
alguien enciende una luz

E.

PREMONICIÓN

El ruido y la furia serán sólo palabras que recordarás
la mañana siguiente a la partida de los animales
cuando el último cardo arrancado del parque esté seco
y preguntes si el Apocalipsis ha llegado
y no tengas respuesta
y te resulte difícil arrancar de tu memoria las tardes morosas
y la calidez de la fruta

El concreto se hará cal entre tus pies.
No habrá brisa salina, ni canto de sirenas
cuando el mar se haya secado
y el último pez haya muerto lejos de tus manos
y de tus dientes
y no habrá fruta jugosa con que manchar tu barbilla
ni quién que te espere, ni muslos que besar
la mañana siguiente a la fuga de todos los animales

La Luna no se habrá vaciado de luz todavía
y no se habrá acercado aún
cuando te hayas decidido a coger tus bártulos
para evadir el juicio
y el viento aún silbe entre tus cabellos

y te retiras a quién sabe dónde

CARLOS WERTHEMAN

RECTITUD

Siempre me gustaron las rectas.
Tan correctas ellas, tan exactas.

Con rectas aprendí que podrían construirse los más disímiles cuerpos
geométricos.
Un cubo, una pirámide, y hasta una casa.

Tuve una madre muy recta y rectos maestros.
Al final, mi desviada adolescencia acabó rectificando.
Llegué a ser, lo que se dice, un hombre recto; listo para el matrimonio.

Todo fue bien hasta que llegaste tú:
Nadie me había dicho que la recta es solo un pequeño trozo de curva
y que lo importante era saber cuándo cambiar de dirección.
No me hablaron del espacio, ni de las órbitas.
Ni de las caderas que tuercen hasta al más recto de los hombres.
Ni de esos volcanes apezonados, en nada rectos.

Estoy a punto de quedar solo en este mundo porque mi rectitud me impide orbitar:
Claro; no es posible dar la vuelta a un corazón rectilíneamente.

Ya ves, mujer de claras curvas.
Que esos aguaceros de disculpas no son más que discontinuidades de
estas rectas mías,
Que han tenido que aprender a borrarse algunos trozos
para trazar; a tu gusto,
alguna que otra imperfecta flor.

MIGUEL ERASMO ZALDIVAR CARRILLO

ET MISERICORDIA

Desde el palco, los dos solistas parecen
una mancha de sangre y un cuervo.
Pero, a mi lado, un ciego
de ojos cerrados sabe exactamente
a qué sonaban las voces de los ángeles
cuando aún intercedían por nosotros.

También yo tuve un vestido
azul tierno, con el que tocaba el harpa
como si rezara en una extraña lengua.
Y creía que dios me esperaba
en el intervalo mínimo entre la respiración
de la última nota y el regreso al sonido del mundo.

No abandoné la música hasta percibir
una rendición en cada final:
la muerte aguardaba el descender
de mis brazos y el encender de las luces
para reclamar su rebaño de sombras.

La belleza no nos salva, sino el silencio.

Inês Dias