La Loma del Burro

Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

Cacería de versos

Encontraba los versos camino de casa, cuando venía de la Universidad y no pasaba la última guagua. Entonces, tenía que irme a paso ligero por la Avenida de Acosta hasta el Conte y cruzar, por las calles bajas de Lawton, hasta las escalinatas que subían a mi barrio.
Los ojos atravesaban la calle como dos lombrices, dibujando cosas milagrosas donde sólo había salideros de agua, montañas de basura, calles rotas, viejos en la cola de la bodega, viento, framboyanes, gorriones con hambre, niños sucios o lindas mulatas caminando, calle abajo, bajo el sol tropical.
Yo llevaba siempre una libreta a cuadros y me sentaba en cualquier portal vacío a describir los pájaros que se me posaban en la cabeza. Luego, lo arreglaba en casa, y se lo leía, por las noches, a una viejita amiga mía que me escuchaba con paciencia.
La mitad de esos versos no valían para nada, pero eran el descubrimiento de que existía otro mundo más allá del humo de los coches destartalados que saltaban entre los baches, más allá de la basura en las esquinas y las moscas que la rodeaban, más allá del calor y los empujones en las guaguas, más allá de mis propios estudios y de los conflictos familiares sin fin. Un mundo que yo podía crear, desde la nada, con mis palabras, cuantas veces quisiera.
Los mejores versos eran la confirmación de que ese mundo era real, tan real como un sentimiento. Esos los encontraba casi siempre en la Loma del Burro, un sitio al que subía cada domingo y en dónde me llenaba de viento mientras contemplaba, a lo lejos, la Bahía de la Habana.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

El vuelo del pájaro

Sólo aquel que tiene algo
puede perderlo.
Sólo aquel que espera algo de la vida
tiene la posibilidad de que la vida lo defraude.
Sólo aquel que quiere ser alguien
se pierde la oportunidad de Ser.

El pájaro vuela
porque en el vuelo se realiza a sí mismo,
pero para poder volar,
no puede estar agarrado a la rama.

¡Qué feliz el pájaro flotando sobre el vacío
cuando ni él mismo advierte
que está como disuelto
en el viento
de la montaña!

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

Mi mayor aventura

Toda la secundaria y el preuniversitario los pasé en un internado. Estudiábamos por la mañana y por la tarde teníamos trabajo en el campo o deporte.
Yo era muy malo para el deporte. Una vez estuve en un equipo de baloncesto y en mi primer partido importante, me puse tan nervioso, que eché la pelota en mi propia canasta. Me sacaron del equipo al día siguiente. Luego me apunté a hacer pesas porque me dijeron que tenía buena espalda. No aguanté una semana. Estuve también en judo y, el primer día, el entrenador me lanzó por los aires para ver si sabía romper caída. Me sacó todo el aire y casi me ahogo. No volví más por allí.
En realidad, nos apuntábamos a deporte para no ir al campo. El campo era un auténtico coñazo. Había que cargar con la guataca, a veces durante una hora de camino, hasta llegar a los campos de la cooperativa que tocara ese día: un sembrado inmenso de patatas, o zanahorias, o remolachas, o naranjas, o lo que fuera; y hacer que trabajabas o trabajar de verdad cuando venía el profe. Era más divertido sembrar o recoger fruta, depende de lo que fuera, pero en general, era un coñazo, sobre todo desyerbar.
La otra opción era fugarse. Yo tenía una pandilla y habíamos descubierto un rincón en un camino aislado por donde no pasaba casi nadie. Al borde del camino, se abría una selva de enredaderas y, allí, teníamos nuestra cueva secreta: un hueco grande entre las madreselvas.
Teníamos un cordel con anzuelo, una lata y un tenedor viejo. A veces nos íbamos a la laguna, cuando no había moros en la costa, y pescábamos jicoteas. Una vez intentamos cocinar una. La machacamos con una piedra, pero no hubo manera de abrir el caparazón de aquel bicho. Luego, la cueva se llenó de humo y fue imposible hacer nada más.
En el verano, nos metíamos en cueros en el arroyo que pasaba por detrás del matorral cuando no había nadie por allí, y nos dejábamos arrastrar entre las piedras. Luego, nos secábamos al sol y nos hacíamos pajas a ver quien se corría antes.
Los guajiros de la zona sabían que éramos unos fugados, pero hacían la vista gorda. Nosotros andábamos por el campo toda la tarde, cogiendo mangos o mamoncillos o fruta bombas o mameyes amarillos o lo que pilláramos por ahí.
Cuando caía la tarde, cogíamos nuestras guatacas y nos incorporábamos al grupo que regresaba. Eran grupos muy grandes y, a veces, los profesores no controlaban quién tenía que estar y quién no.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

Parque infantil

El vuelo de la tiñosa
y ese sabor de boca
que dejan los tamarindos chinos.

Las ramas en el viento
y un niño de nueve años
sorteando espinas para alcanzar el cielo.

Al otro lado el carrusel
gira y gira como mi vida ahora mismo.
Y veo niños jugando entre árboles.
Y veo risas creando mi mundo de ahora.

Sé que no volveré a ser
ese niño que conocía todos los escondites,
y sabía dar vueltas, sin parar, en el tiovivo,
o saltar al aire desde un columpio.

Pero ahora está abierta mi alma
como ese parque
que puedo ver otra vez,

y, estirando la mano,
puede que incluso alcance
una vaina encaracolada
de tamarindo.