RECTITUD

Siempre me gustaron las rectas.
Tan correctas ellas, tan exactas.

Con rectas aprendí que podrían construirse los más disímiles cuerpos
geométricos.
Un cubo, una pirámide, y hasta una casa.

Tuve una madre muy recta y rectos maestros.
Al final, mi desviada adolescencia acabó rectificando.
Llegué a ser, lo que se dice, un hombre recto; listo para el matrimonio.

Todo fue bien hasta que llegaste tú:
Nadie me había dicho que la recta es solo un pequeño trozo de curva
y que lo importante era saber cuándo cambiar de dirección.
No me hablaron del espacio, ni de las órbitas.
Ni de las caderas que tuercen hasta al más recto de los hombres.
Ni de esos volcanes apezonados, en nada rectos.

Estoy a punto de quedar solo en este mundo porque mi rectitud me impide orbitar:
Claro; no es posible dar la vuelta a un corazón rectilíneamente.

Ya ves, mujer de claras curvas.
Que esos aguaceros de disculpas no son más que discontinuidades de
estas rectas mías,
Que han tenido que aprender a borrarse algunos trozos
para trazar; a tu gusto,
alguna que otra imperfecta flor.

MIGUEL ERASMO ZALDIVAR CARRILLO

CANTO CV

ando desando
dibujo
palabras en el espejo de tu boca
las escucho
te beso
me sorprendo repitiéndote
las mismas palabras
desdibujo tu rostro
te haces noche
me escuchas con los ojos
llenos de estrellas
te amo
no como una idea
más bien como un pelotazo
en la frente
tus manos estrujan a mis manos
vuelvo a besarte

E.

ET MISERICORDIA

Desde el palco, los dos solistas parecen
una mancha de sangre y un cuervo.
Pero, a mi lado, un ciego
de ojos cerrados sabe exactamente
a qué sonaban las voces de los ángeles
cuando aún intercedían por nosotros.

También yo tuve un vestido
azul tierno, con el que tocaba el harpa
como si rezara en una extraña lengua.
Y creía que dios me esperaba
en el intervalo mínimo entre la respiración
de la última nota y el regreso al sonido del mundo.

No abandoné la música hasta percibir
una rendición en cada final:
la muerte aguardaba el descender
de mis brazos y el encender de las luces
para reclamar su rebaño de sombras.

La belleza no nos salva, sino el silencio.

Inês Dias

Mi abuela no me dejó una muñeca

mi abuela no me dejó una muñeca
sólo me dejó sus dioses
que se mecían con ella en el sillón
mientras escuchaba la radio

mi abuela me dejó salmos
que cantaba por las noches con una voz ahita

me dejó las luces de un árbol de navidad
que no se apaga en mi memoria
y desde el que mi abuela nace cada día para mí

me dejó su casita refugio
su corazón refugio
me dejó un jardín lleno de flores
y buñuelos de yuca con miel
y dulce de leche

no me dejó una muñeca
aunque sabía hacer muñecas
porque yo era un niño varón
y tenía que ser macho

pero me dejó su sonrisa
llena de amor y de tiempo para mí
y sus ojos brillantes de ternura

E.