¡Cuánto sabe la flor!

¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca
cuando es jazmín, morada cuando es lirio.
Sabe abrir el capullo
sin reservar dulzuras para ella,
a la mirada o a la abeja.
Permite sonriendo
que con su alma se haga miel.

¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse
coger por ti, para que tú la lleves,
ascendida, en tu pecho alguna noche.
Sabe fingir, cuando al siguiente día
la separas de ti, que no es la pena
por tu abandono lo que la marchita.

¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio;
y teniendo unos labios tan hermosos
sabe callar el “¡ay!” y el “no”, e ignora
la negativa y el sollozo.

¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse,
dar, dar todo lo suyo al que la quiere,
sin pedir más que eso: que la quiera.
Sabe, sencillamente sabe, amor.

Pedro Salinas

CANTO CIV

hablábamos del sonido de las cigarras
(por detrás estaba tu voz
silencio entre nubes)

decías
que hay un sonido en los trigales…
por dentro de los trigales
una voz
entretejiéndolo todo:
las montañas
el cielo
los buitres de alas abiertas
el viento bajo las alas
el temblor de los álamos

yo te miraba a los ojos

en tus ojos cantaba una cigarra

E.

Uno de Tranströmer

Ocurre pero pocas veces
que uno de nosotros “ve” de verdad al otro:

una persona se muestra un instante
como en una fotografía pero con más claridad
y al fondo
algo que es más grande que su sombra.

Él está de cuerpo entero delante de una montaña.
Es más una concha de caracol que una montaña.
Es más una casa que una concha de caracol.
No es una casa pero tiene muchas habitaciones.
Es impreciso pero grandioso.
Él crece de eso, y eso de él.
Es su vida, es su laberinto.

Tomas Tranströmer

Dulce luz

Tras el invierno, torpe y afligido,
florecí con la primavera. Una dulce luz

me colmó el pecho. Sacaba
una silla. Me sentaba durante horas frente al mar.

Escuchaba las balizas y aprendí
a expresar la diferencia entre una campana

y el sonido de una campana. Quería
todo lo que estaba a mi lado. Incluso quería

dejar de ser una persona. Y lo logré.
Sé que lo hice (ella me trajo de vuelta).

Recuerdo aquella mañana en que cerré la caja
de la memoria y giré la llave.

Cerrada para siempre.
Nadie sabe lo que me ocurrió

aquí fuera, mar. Sólo tú y yo lo sabemos.
Por la noche, las nubes cubrieron la luna.

Por la mañana ya se habían ido. ¿Y aquella dulce luz
que dije antes? También se había ido.

RAYMOND CARVER