RECTITUD

Siempre me gustaron las rectas.
Tan correctas ellas, tan exactas.

Con rectas aprendí que podrían construirse los más disímiles cuerpos
geométricos.
Un cubo, una pirámide, y hasta una casa.

Tuve una madre muy recta y rectos maestros.
Al final, mi desviada adolescencia acabó rectificando.
Llegué a ser, lo que se dice, un hombre recto; listo para el matrimonio.

Todo fue bien hasta que llegaste tú:
Nadie me había dicho que la recta es solo un pequeño trozo de curva
y que lo importante era saber cuándo cambiar de dirección.
No me hablaron del espacio, ni de las órbitas.
Ni de las caderas que tuercen hasta al más recto de los hombres.
Ni de esos volcanes apezonados, en nada rectos.

Estoy a punto de quedar solo en este mundo porque mi rectitud me impide orbitar:
Claro; no es posible dar la vuelta a un corazón rectilíneamente.

Ya ves, mujer de claras curvas.
Que esos aguaceros de disculpas no son más que discontinuidades de
estas rectas mías,
Que han tenido que aprender a borrarse algunos trozos
para trazar; a tu gusto,
alguna que otra imperfecta flor.

MIGUEL ERASMO ZALDIVAR CARRILLO

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