Pisando leve

Sucede que un
pájaro se detiene a mirarme
con esa diáfana efervescencia
con que miran
los pájaros la aurora
y que detiene el tiempo
y que
detiene el tiempo.

Sucede, amigos míos, que la voz
se raja en dos al alba
mientras camino
con los zapatos viejos por el puente
y me atraviesa el río y
me atraviesa el río.

Sucede que me escurro
entre los brotes
de la
transparente caricia:
larga sombra en la luz,
trazo largo y fino
y alado de luz.

Y sucede, amigos,
que todas estas cosas me suceden
¿a mí o a ese otro escribiente?
cuando se posa el alma en la ventana
por donde brota el tiempo,
por donde brota
el tiempo.

E.

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