El helado de fresa

Ilustración: Rodolfo Vargas Vargas

Mamá nos despierta de la siesta, nos da la merienda y nos pone guapos: ¡ha llegado el circo y vamos a ir todos!

Luis lleva el pantalón azul y la camisa de cuadros que le compraron para la Comunión de la prima. A mí me pone el vestido blanco con grandes flores rojas en los bolsillos. Frente al espejo me remata las trenzas con lazos también rojos. Me veo rara; mamá ya me dijo que tengo poco pelo para dos trenzas, pero yo quería dos y ahora las veo como dos alambres tiesos con antenas (rojas, claro), separadas por una raya bien recta en el medio. El reflejo de Luis, con su raya al lado y repeinado, me saca la lengua y yo le tiro el cepillo del pelo. Mamá se enfada y a punto estamos de quedarnos sin circo.

Salimos los cuatro: papá, mamá, Luis y yo, contentos. Yo de la mano de papá voy dando saltitos y Luis me mira con envidia; si vas de la mano de mamá tienes que comportarte. Ahora soy yo la que le saca la lengua.

Nuestros asientos están justo en el centro de la gran carpa. Todo el mundo parece nervioso. Papá y mamá se buscan por encima de nuestras cabezas y se sonríen. Luis y yo nos miramos y soltamos una risita.

Por fin empieza el espectáculo: un señor con chistera negra y chaqueta como la de Pepito Grillo, pero de rayas blancas y rojas, un pantalón blanco muy, pero que muy apretado, y botas altas, sale a la pista. Grita por un altavoz: “Señoras y señores, grandes y pequeños ¡bienvenidos al Gran Circo de la Primavera! El espectáculo va a comenzar”.

Y entonces se oye un redoble de tambores y una banda de música con platillos, trombones, trompetas y otros instrumentos que no sé cómo se llaman, comienza a dar vueltas en círculo. Detrás salen dos payasos, uno con peluca verde y otro con peluca azul. Se pegan el uno al otro con los enormes guantes rojos que llevan puestos como si fueran boxeadores y lloriquean sin parar. La gente se ríe mucho, pero a mí no me hacen ninguna gracia, me parece que sólo hacen tonterías.

Durante mucho rato no deja de salir gente, algunos con animales: elefantes, monos, osos, y yo empiezo a aburrirme. Mamá le dice a papá que uno de los equilibristas parece mareado; le miro y me recuerda al padre de Pedrito, que a veces bebe un poco de vino y va haciendo eses por la calle. Cuando de verdad empieza el circo, yo me muero por un helado: uno grande de fresa, y también tengo muchas ganas de hacer pis.

Lo que más me gusta son los trapecistas, aunque cada vez que los veo soltarse se me hace un nudo en la garganta. Papá lo sabe y me aprieta la mano. Me está diciendo “no pasa nada, nenita” cuando el trapecista se cae del trapecio sobre el suelo de lona. Me levanto y me llevo las manos a la boca, gritando “¡papá!”. Papá me abraza y cierro los ojos escondida en su chaqueta. En ese momento ya no puedo más.

-Mamá, tengo que ir al baño.

-¿Ahora? -pregunta ella con la cara que pone cuando Luis y yo hacemos algo muy gordo.

-Sí, ahora. Papá y mamá se miran.

-Anda, vamos. Luis me llama “meona” cuando paso por su lado y yo le piso los zapatos nuevos. Me vuelvo y me hace una señal de “te vas a enterar”.

Mamá me arrastra escaleras abajo, salimos de la carpa y buscamos los baños pero hay mucha gente. “¿Cómo puede ser que todos queramos hacer pis a la vez?”, me pregunto yo. Entonces una ambulancia llega con la sirena y las luces y todos nos apartamos.

-Vienen a por el trapecista -dice un señor.

-Debe estar grave porque ha caído desde bastante alto -dice una señora.

-¿Y cómo no habría red? -pregunta otro señor.

-¿Se habrá partido el cuello? -pregunta otra señora.

Cuando me doy cuenta, mamá no está a mi lado. La oigo llamarme.

-¡Ana, Ana, ¿dónde estás?

-¡Aquí, mamá, aquí! -pero estoy rodeada de un bosque de piernas: piernas con pantalones, piernas con faldas. Anda, unas piernas de niño. Le miró y veo la misma cara de susto que debo tener yo y quiero darle la mano e irme con él y con su padre, pero este se lo lleva a tirones y me quedo quieta mientras todo el mundo pasa corriendo de un lado para otro.

Se está haciendo de noche. Empiezo a andar buscando la entrada de la carpa, pero no la encuentro y de pronto estoy ante las jaulas de los animales. Hay una con un elefante muy grande y uno pequeño. Me acuerdo del cuento que me trajeron los Reyes Magos: “Qué eleganta la elefanta”, y me da la risa. El elefantito se acerca a olerme y yo quiero tocarle, pero no me atrevo. Le veo que cierra los ojos, arruga la trompa y ¡zas! pega un estornudo tan fuerte que me sienta en el suelo, además de darme una ducha. Me llevo las manos a la cara y digo ¡qué asco! Las limpio en el vestido, también la cara, y pienso que mamá se va a enfadar de verdad.

Voy andando de espaldas sin dejar de mirar al bicho ese que me ha puesto perdida. Y cuando me vuelvo me llevo otro susto: estoy ante la jaula de los tigres. Solo hay uno, tumbado y bostezando. Me mira y se lame una pata. Siento un escalofrío como cuando Luis me mete hielos por dentro de la camiseta. Entonces oigo voces y aparecen los dos payasos con el de la chistera y me escondo debajo de una caravana.

-Lo siento, no he podido conseguir más –dice este medio llorando mientras sujeta una bolsa contra la barriga.

-Pobrecito, no ha podido conseguir más –se burla el payaso de la peluca verde, y le da un golpe en la cabeza con los guantes rojos.

-Fíjate, qué pena –se ríe el payaso de la peluca azul, y le da también un golpe -¿cuánto hay?

-Cien mil euros.

-Eso no es lo que hablamos. Si no nos lo das todo, ya sabes -y se lleva uno de los guantes a la pajarita amarilla que lleva en el cuello y lo mueve de un lado a otro.

-Os lo daré en cuanto pueda, de verdad, pero no me quitéis el circo, ¿de qué viviríamos todos?
-Ese es tu problema, gordinflón. Anda, dame lo que llevas ahí -el payaso de la peluca verde le quita la bolsa de un tirón.

-¡Devuélvemela!

-¿La quieres? Toma, cógela -y le lanza la bolsa al payaso de la peluca azul por encima de la chistera.

-¡Dame mi dinero!

-Ja, ja. Ah, ¿qué es tuyo? Toma, cógelo -y se lo lanza al payaso de la peluca verde.

Esta vez veo alzarse la chaqueta de rayas verdes y blancas intentando atrapar la bolsa, pero sin querer la golpea y va a parar a la jaula del tigre, que se acerca a ella como “Juancho” cuando Luis y yo le lanzamos algo al suelo, con parsimonia. La huele, pone la zarpa encima de la bolsa y se tumba. Mueve la cabeza de un lado a otro mirándonos. Luego cierra los ojos y parece que se queda dormido.
Los tres se quedan con cara de tontos y empiezan a pelearse:

-¡Eres imbécil! ¿Y ahora qué?

-¡La culpa es tuya, por jugar con el dinero!

-Mi dinero, mi dinero, ¿qué va a ser de mí?

No me atrevo ni a pestañear. Entonces uno de los payasos, no sé cuál porque se han quitado las pelucas con rabia, se queda mirando fijamente hacía donde estoy y dice:

-¡Eh, ahí hay alguien!

-¿Dónde? ¿Estás seguro? Yo no veo nada.

Los tres miran hacía mí y en ese momento un hilillo caliente moja mi vestido, los calcetines de perlé y las “Merceditas” de charol. Ahora sí que sí mamá me castiga sin postre, un mes por lo menos.

Voy retrocediendo a rastras debajo de la caravana hasta que choco con la alambrada que rodea todo el circo, me levanto y empiezo a correr detrás de las jaulas. Los payasos intentan atraparme pero están gordos y no pueden seguirme. Además, los muy bobos no se han quitado los zapatos tan grandes que llevan y tropiezan una y otra vez.

Sigo andando hasta que siento que algo tira de mí. Es un trozo suelto de alambre que me ha roto el vestido. Gracias a eso descubro un hueco muy pequeño en la valla y me cuelo por él. Cuando ya estoy al otro lado me vuelvo para ver si me siguen y veo uno de los lazos rojos colgando del alambre; me llevo las manos a la cabeza: el otro está bien agarrado a la trenza.

Los payasos llegan a la valla y me gritan:

-¡Eh, tú, mocosa de mierda, ven aquí!

-¡Anda, ven, bonita, que no te vamos a hacer nada! –dice el otro payaso.

-Mi dinero, mi dinero, ¿qué voy a hacer ahora? –se lamenta la chaqueta de rayas.

Empiezo a correr, me caigo, me levanto y sigo corriendo, corriendo, corriendo…

Es de noche y no veo nada. Me he arañado las piernas y me escuecen, como cuando vamos al campo y me araño con las plantas secas. Y frío, también tengo mucho frío. Y hambre. Si no me hubiera perdido, después del circo habríamos ido a cenar y ahora estaría comiendo calamares y más cosas.

Estoy en un descampado, tumbada, tiritando, llena de arañazos. Desde allí veo la carpa y las luces del circo, que ahora me parece que está tan lejos. Las voces de los tres se acercan.

-Bonita, ¿dónde estás?

-Mocosa de mierda, sal de una vez.

-Mi dinero, mi dinero, ¿qué voy a hacer ahora?

Miro a mi alrededor y veo unos tubos gigantes de hormigón al lado de una zanja enorme. Me arrastro hasta ellos como hacen los indios en las películas y me escondo en uno. Tirito tanto que mis dientes se golpean entre ellos. El Ratoncito Pérez va a tener mucho trabajo conmigo.

Las voces se van alejando. Me quedo dormida y sueño que como un helado de fresa gigante, que al derretirse mancha mi vestido blanco y deja dos manchas rosas en mis rodillas.

Al cabo de no sé cuánto rato me despiertan unas voces que se acercan y me parece oír la de mamá:

-¡Ana!, hija, Anita, ¿dónde estás?

-¡Ana! -ahora es la voz de papá. Y un lloriqueo, también oigo un lloriqueo. Es Luis, pegado a papá. Casi me da pena por él.

Salgo del tubo. Primero saco la cabeza mirando a todas partes por si los payasos siguen por allí, pero no se ve nada de ellos. Luego saco el resto de lo que queda de mí. El vestido está roto y sucio, mis rodillas llenas de raspones y sangre seca. Me duele todo, todo, como cuando tengo mucha fiebre y no voy al cole.

-Mamá, -intento gritar- pero solo me sale una voz de enanito. Mamá.

Y mi mamá me oye, porque las mamás lo oyen todo. Y grita mi nombre mientas viene corriendo hacia mí.

-Ana, hija, ¿qué te ha pasado?

Yo me quedo más tranquila porque no me dice nada del vestido, ni de los zapatos, ni de los lazos. ¡Menos mal!

-Ana, llevamos casi toda la noche buscándote. ¿Estás bien, hija? -me dice mientras me abraza.

Papá y Luis vienen corriendo y se pegan a mí. Y un señor que dice que es policía, otros policías con uniforme, y una policía con coleta que me sonríe mucho y que se seca una lágrima.

-Hija, te perdiste cuando fuimos al baño y llamé a papá. Empezamos a buscarte y alguien nos dijo que te vio correr hacia las jaulas y a los payasos detrás. Como no te encontrábamos, llamamos a la policía. También había desaparecido el dueño del circo. Los hemos encontrado hace un rato, a los payasos corriendo sin parar y al dueño llorando. Él nos ha dicho dónde te habían visto por última vez y que te escondías porque los payasos te perseguían.

A mí me duele todo y solo quiero llegar a casa y meterme en la cama, pero seguro que antes mamá me mete en la bañera, ella es así.

Nos vamos yendo todos juntos. Papá me lleva en brazos y Luis no deja de mirarme y me coge la mano, que cuelga del hombro de papá. Mamá le lleva a él de la mano. Nos acercamos a la alambrada del circo. Allí, al lado de las jaulas, en el suelo, me parece ver mi lazo rojo y un trozo de tela blanca.
Seguimos andando y de una caravana salen más policías. Llevan del brazo a los payasos, sin peluca pero todavía con los zapatos enormes. Van esposados los dos con las manos a la espalda. Ellos también me ven y me miran. Me da mucho miedo. Uno de ellos me saca la lengua y el otro me mira como si me quisiera comer.

Detrás sale el dueño del circo con las manos en la cabeza.

-Mi dinero, ¿qué voy a hacer sin mi dinero? -le oigo decir cuando ya nos vamos alejando de allí.

Isabel Jiménez

Un comentario sobre “El helado de fresa

  1. Gracias, Ernesto, por publicar este relato-cuento que con tanta ilusión escribí y que me enseñó que el mundo de los sueños está muy bien para los sueños, pero que en la literatura hay que arriesgar más a la hora de poner un final.

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