Décimas a una muchacha de la infancia

Iba cruzando la tarde
sobre mi caballo viejo
y era la tarde el espejo
donde bajo el sol aún arde
tu pelo, porque la tarde
siempre nació de tu pelo
y hasta el cielo no era el cielo,

sino el azul de tus ojos
empañado por los rojos
crepúsculos de otro cielo.
Y yo era niño y fundaba
con mi caballo tu risa,
tu risa que era la brisa
de la tarde que pasaba
y con la tarde volaba
hacia la ceja del monte

donde hasta el mismo horizonte,
rojo por el sol poniente,
iba del monte a tu frente
y yo de tu frente al monte.
Ahora es otra tarde y llueve,
pero el agua es de aquel día,
en que la lluvia quería
tallarte el cuerpo, en el breve
espacio donde se mueve
la luz dentro de una gota;

por eso esta lluvia brota
no de las nubes de hoy
sino de un tiempo en que estoy
rehaciéndote gota a gota.

Waldo Leyva