La infinitud del tiempo

Foto de Yolanda Jiménez

Ayer, las amapolas de marzo coloreaban las tardes que prometían días largos, baños en el río, meriendas soleadas, cantos de grillos al fresco de las noches.

Luego, el fugaz verano castellano se volvía frío invierno de lumbres y castañas. El olor a humo y el crepitar de la leña se repetían cada año.

En verano el heno recién cortado se enredaba en su cabello, mientras los saltamontes saltaban las hierbas. Le gustaba observarlos; siempre se preguntó por qué se llamaban salta-montes, si los saltitos de aquellos insectos solo lograban ir de un montón de hierba a otro. Le gustaba imitarlos y saltar por los prados, aspirando la humedad de la alfalfa.

Las lluvias del otoño traían de nuevo al río; olvidado en el estío, renovado de corriente, poderoso de su margen. A veces caprichoso se extendía hasta los huertos preñándolos de limo. Le gustaba contemplar con sus ojos infantiles la infinitud del agua extendida por doquier.

Cuando tuvo 14 años, abandonó el pueblo; lo cambió por la ciudad, con el imperativo de estudiar. Cada fin de semana regresaba tan fugaz que encontró la medida del tiempo. Un domingo por la tarde, de regreso a la ciudad, entre morriña adolescente, se dio cuenta de que algo había cambiado: ahora el tiempo estaba marcado de semnas, de festivos, de vacaciones. Había entrado en la adultez imparable. Y con tristeza, supo que la infinitud del tiempo se le había escapado.

Yolanda Jiménez