EL MIEDO GLOBAL

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.

Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.

Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.

Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.

La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.

Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas.

Las armas tienen miedo a la falta de guerra.

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Miedo a los ladrones y miedo a la policía.

Miedo a la puerta sin cerradura.

Al tiempo sin relojes.

Al niño sin televisión.

Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar.

Miedo a la soledad y miedo a la multitud.

Miedo a lo que fue.

Miedo a lo que será.

Miedo de morir.

Miedo de vivir.

Eduardo Galeano

Diagnóstico

boca pequeña
lengua grande
pasos en el carrusel de la noche

boca pequeña
lengua grande
a punto de saltar por el tobogán
al borde del abismo de la alegría

boca pequeña
lengua grande
y todo el poder en una sola textura
y toda la esperanza y el despertar del canto

boca pequeña
pequeña como el mar
pequeña como las arenas que el mar
pierde en su boca

lengua grande
por donde resbalan los pájaros
de donde florecen madreselvas
en donde la noche crece hasta su origen

boca de lenguas en la oscuridad
lenguas feroces descubriendo mundos
sobre el catamarán de la noche

E.

La infinitud del tiempo

Foto de Yolanda Jiménez

Ayer, las amapolas de marzo coloreaban las tardes que prometían días largos, baños en el río, meriendas soleadas, cantos de grillos al fresco de las noches.

Luego, el fugaz verano castellano se volvía frío invierno de lumbres y castañas. El olor a humo y el crepitar de la leña se repetían cada año.

En verano el heno recién cortado se enredaba en su cabello, mientras los saltamontes saltaban las hierbas. Le gustaba observarlos; siempre se preguntó por qué se llamaban salta-montes, si los saltitos de aquellos insectos solo lograban ir de un montón de hierba a otro. Le gustaba imitarlos y saltar por los prados, aspirando la humedad de la alfalfa.

Las lluvias del otoño traían de nuevo al río; olvidado en el estío, renovado de corriente, poderoso de su margen. A veces caprichoso se extendía hasta los huertos preñándolos de limo. Le gustaba contemplar con sus ojos infantiles la infinitud del agua extendida por doquier.

Cuando tuvo 14 años, abandonó el pueblo; lo cambió por la ciudad, con el imperativo de estudiar. Cada fin de semana regresaba tan fugaz que encontró la medida del tiempo. Un domingo por la tarde, de regreso a la ciudad, entre morriña adolescente, se dio cuenta de que algo había cambiado: ahora el tiempo estaba marcado de semnas, de festivos, de vacaciones. Había entrado en la adultez imparable. Y con tristeza, supo que la infinitud del tiempo se le había escapado.

Yolanda Jiménez