Ahora, de Arthur Cravan

¿Qué alma disputará mi cuerpo?

Escucho la música:

¿Estaré entrenado?

Me gusta tanto el baile

Y las locuras físicas

Que siento con cierta obviedad

Que, si yo hubiese sido una niña

Me habría ido mal.

Pero desde que me sumergí

En la lectura de esta imagen

Juraría no haber visto ni mi vida

Ni fotografías de hadas:

El océano perezoso acunando las chimeneas,

Veo en el puerto, en el puente de los vapores,

Entre las indeterminadas mercancías,

Los marineros mezclarse con los conductores;

Cuerpos pulidos como máquinas,

Miles de objetos de la

China,

Las modas e invenciones;

Entonces, listos para cruzar la ciudad,

En la suavidad de los automóviles.

Poetas y boxeadores,

Esta noche, ¿cuál es mi error,

Que con tanta tristeza,

Todo me parece hermoso?

El dinero que es real,

La paz, las vastas empresas,

Los autobuses y las tumbas;

Los campos, el deporte, las amantes,

Hasta la vida inimitable de los hoteles

Me gustaría estar en

Viena y en

Calcuta,

Tomar todos los trenes y todos los barcos,

Fornicar con todas las mujeres y devorar todos los platos.

Mundano, químico, puta, ebrio, músico, trabajador, pintor, acróbata, actor,

Viejo, niño, pícaro, matón, ángel, y vagabundo,

Millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;

Cobarde, héroe, negro, mono, don

Juan, proxeneta, lord, campesino, cazador, industrial,

Fauna y flora.

¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!

¿Qué hacer?

¡Probemos al gran aire,

Quizás pueda ahí desprenderme

De mi funesta pluralidad!

Y mientras la luna,

Más allá de los castaños,

Amarra sus galgos.

Y, que así como en un caleidoscopio,

Mis abstracciones

Elaboran las variaciones

Acuerdos

De mi cuerpo,

Que mis pegados dedos

Al deleite de mis llaves

Absorben el síncope fresco,

Bajo movimientos inmortales

Vibran mis tirantes;

Y, peatón ideal

del

Palacio Real,

Me embriago con candor

Incluso del mal olor.

Lleno de una mezcla

De ángel y elefante

Mi lector, entono bajo la luna

Tu desgracia futura.

Armado con tanto álgebra,

Que, sin deseos sensuales,

Ya veo, el beso recalcitrante.

Idiota, pipa, agua,

África y el reposo fúnebre,

Detrás de las persianas quietas,

La calma de los burdeles.

El bálsamo, ¡oh razón mía!

Todo

París es atroz y odio mi casa.

Ya los cafés son negros.

No te quedes, ¡oh mis histerias!

Si no en los claros establos

De los urinales.

Ya no puedo quedarme afuera.

Aquí tu lecho; ser estúpido y dormir.

Pero, el último de los inquilinos,

Que se rasca tristemente los pies.

Y, aunque cayendo a mitades,

Si escuchase sobre la tierra

Sonar locomotoras,

¡Que mis almas sin embargo estén de nuevo atentas!

 

Arthur Cravan

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