Un poema de Pierre Reverdy

ALEGRÍA

El aire huele a mar
El invierno tiene tanta altura que nos espanta
No se sabe dónde nacen los vientos
Ni que dirección toman
La casa cabecea como un barco
Qué mano nos mece

Al grito lanzado desde fuera
Salí para ver
Una mujer se ahogaba
Una mujer desconocida
Le tendía la mano
La salvé

Después de haberle dicho mi nombre
Que ella no conocía
La puse a secar en un sitio más caliente
La vi volver a la vida y embellecerse
Luego como el calor aumentaba
Desapreció
Evaporada
Comencé a gritar y llorar
Y estallé
En carcajadas

Por un momento había recogido el renombre
En mi intimidad
Abrí la puerta y eché a correr
A campo traviesa a cantar a voz en cuello
Cuando volví
En mi casa se había hecho la calma
Y el fuego que se había apagado
Se encendió de nuevo

PIERRE REVERDY

Un poema de Miguel Barnet

LOS VISITANTES

Vienen rodeando la casa,
atravesando el patio,
los muros altos donde las nubes
graznan como las garzas en invierno

Llegan al corredor
y se desvelan un poco por el olor a vino

Después entran en los cuartos,
se inclinan, gimen, visten el traje de Ricardo,
el antifaz,
de nuevo se deslizan hacia la misma noche,
de nuevo caen
con las manos unidas,
imitan el ruido de las abejas,
el graznido de invierno,
imitan el grito de pavor, de oscuridad, de nada

Vienen rodeando la casa
y parecen estar alegres,
parecen ejercer la plenitud de la sala vacía,
parecen estar vivos,
que es lo peor de todo

MIGUEL BARNET

Mi trabajo, de Rymond Carver

MI TRABAJO

Levanto la vista y los veo acercarse
por la playa. El hombre joven
lleva al bebé en una mochila.
Esto le permite tener las manos libres,
así puede coger con una la de su mujer
y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta
de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.
Son más felices que nadie, y lo saben.
Se sienten agradecidos por ello, son humildes.
Caminan hasta el final de la playa
y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,
y vuelvo a esto que rige
mi vida. Pero a los pocos minutos

vuelven caminando por la playa.
Lo único distinto
es que se han cambiado de lado.
Ahora él va al otro lado de ella,
al lado del océano. Ella, de este lado.
Pero todavía van de la mano. Parecen incluso
más enamorados, si es posible. Y lo es.
Yo mismo paseé por ahí muchas veces.
El suyo es un paseo modesto, quince minutos
de ida y quince minutos de vuelta.
Han tenido que sortear a su paso
alguna roca y rodear enormes troncos,
moverse con rapidez cuando se acercaban con fuerza las olas.

Caminan tranquilamente, despacio, cogidos de la mano.
Saben que el agua es imprevisible,
pero son tan felices que la ignoran.
El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.
Puede que dure siempre. Si tienen suerte,
si son buenos, y lúcidos. Y prudentes. Si siguen
amándose sin límite alguno.
Si son sinceros el uno con el otro, eso sobre todo.
Seguro que lo serán, desde luego, seguro que sí,
ellos saben que sí.
Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.
Se alza una brisa del agua.

RAYMOND CARVER