La casa de madera

La parte de atrás de una de las casas donde viví en La Habana tenía un patio de cemento con un techo de aluminio. La mesa de comer estaba bajo ese techo y allí yo me sentaba a escribir por las mañanas o al atardecer. Cuando llovía, las gotas retumbaban en el techo de metal. Era hermoso oír el traqueteo de la lluvia hasta que la mente se quedaba limpia como una hoja en blanco y aparecía la primera palabra de un poema.
Aquella casa era de madera y la compartíamos mi madre y yo con una pareja que siempre andaba separándose y volviéndose a juntar. Sus peleas y reconciliaciones traspasaban la pared divisoria y eran un escándalo para mi madre, que era una puritana, pero eran muy divertidas.
Yo dormía en una barbacoa que había encima de la cocina. Las tablas crujían al caminar y tenía que andar con cuidado por las mañanas para no despertar a los demás. Era una caja de madera, pero frente a mi cama había una ventana pequeña desde donde se podía ver el cielo.
Mi abuela se vino a vivir con nosotros después de su operación y murió en esa casa. Luego murió mi madre y mi hermana se vino a vivir allí con su familia.
No sé cuantos años tenía esa casa. Sus tablas cantaban cuando pasaba un ciclón. Pero era una madera muy dura. Creo que todavía sigue en pie.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

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