Agua

El Píter era un chico mediano con la nariz grande y pecho de paloma que estaba en la misma clase que yo en el internado.
Se sentaba en primera fila y tenía la costumbre de meterse la punta del lápiz en la boca. Luego escribía. Luego se metía la punta del lápiz en la oreja. Se rascaba. Volvía a escribir. Se sacaba los mocos con la punta del mismo lápiz y se lo volvía a meter en la boca. Lo consideraba un instrumento muy eficaz. Que yo sepa, nadie en el aula se lo pidió prestado nunca.
Era un monstruo de las matemáticas. Andaba casi siempre con un libro bajo el brazo, dándole vueltas a algún problema irresoluble para nosotros. Cuando entraba de lleno en ello, se olvidaba del mundo y hasta pasaba de bañarse.
En esas épocas llegaba a oler a chinchinguaco y el jefe de albergue le decía: ¡Píter, a jugar agua o te vas a dormir a la terraza!
Entonces el Píter se daba un baño ejemplar. Me pedía el jabón y se iba a la ducha silbando. Se pasaba allí más de una hora, cosa que superaba con creces su estándar de tres minutos.
Volvía resplandeciente frotándose la espalda con la toalla y se ponía a deshollinarse las orejas y la nariz para terminar luego dándose violín entre los dedos de los pies con un calcetín sucio.
Por lo demás, era un buen chico. Y era mi amigo.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

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