El constructor

Había que cribar la arena
de la pedriza.
Yo sujetaba el cernidor por un extremo
y mi padre bandeaba el aire con la pala
hasta llenar la esterilla.
Entonces tiraba del otro extremo
y la magia venía a nuestro trasiego.
Yo me quedaba sin referencias
porque allí
lo que fuera que hubiese
era un único movimiento:
un hombre y un niño en un sólo movimiento,
un hombre y su hijo en un sólo movimiento,
un hombre y la prolongación de sí mismo en
un sólo movimiento horizontal,
que cortaba el aire y la respiración de la tarde;
y hacía aparecer, como de la nada,
una arena finísima
que se mezclaba con la última luz,
y era del color de la luz,
y no dejaba sombras,
ni siquiera en los recuerdos.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

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