Mi primer trabajo

Cuando terminé la carrera me tocó trabajar en uno de los centros de biotecnología del este de la Habana. Era un centro de investigación y producción de fármacos y estaba apadrinado por el Comandante, que había creado para ellos un nuevo concepto de trabajo que se dio en llamar: “horario de consagración”.
Allí se trabajaba de 8 de la mañana a 11 de la noche y había un par de guagüitas Girón que recogían y devolvían al personal de todas partes de la Habana con un trayecto de más de una hora, así que, como andábamos casi siempre con sueño, nos hacíamos el viaje durmiendo.
Teníamos comedor y gimnasio con duchas. De manera que desayunabas, comías y cenabas en el Centro, y hasta podías hacer deporte y ducharte allí. Y, por supuesto, también cagabas allí, y era una delicia porque los baños estaban siempre limpios.
Yo ganaba una miseria por ser recién graduado, pero como casi vivía en el centro de trabajo, me gastaba muy poco y hasta me daba para una cuenta de ahorro.
Mucha de la gente que trabajaba allí y tenía pareja, vivía en unos edificios que habían hecho para ellos al otro lado de la Avenida 31. La mayoría eran de otras provincias y estaban allí a tiempo completo creando vacunas y transgénicos, y como sólo tenían que cruzar la calle para ir a dormir, se quedaban trabajando hasta las 12 de la noche o más.
Allí conocí a una chica de Holguín que vivía en los edificios y fue la que me enseñó a follar. Era un poco mayor que yo y tenía mucha experiencia, y como también le gustaba la poesía, yo le escribía poemas en la cama después de cada polvo.
Lo hacíamos a cualquier hora y en cualquier sitio. Como ella trabajaba dos plantas más arriba, era solo cuestión de marcar su extensión en el teléfono y acordar una hora y un lugar donde no hubiera cámaras de seguridad. También pedíamos hacer las guardias juntos por la noche y las aprovechábamos bien. En realidad no era nada extraordinario todo aquello, era más bien una práctica habitual en aquel sitio donde la gente se pasaba la vida trabajando y follando para relajar el estrés.
Luego me fui a vivir con ella a los edificios, pero las cosas no fueron del todo bien porque yo era un poco raro en aquella época. Así que, aunque era el amor de mi vida, nos separamos. Y yo al final me busqué otro trabajo con horario normal.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

Reencuentro

A pasos breves sobre la tierra blanda
llego al lugar donde la nieve brota
y veo el ave blanca de ala rota
que a detenerme en su cristal me manda.

Su dulce trino brilla en mi aposento,
fría la luz que más calienta el alma,
quiere hacer de mi amor un mar de calma
que guarde el puro ardor de lo que siento.

Y yo de niño visto mi gran traje,
y entro en la fiel ternura del espejo,
sin miedo y sin verdad, sin equipaje.

Y una mano me encuentra por ventura
cuando yo más buscaba ese amor viejo
que me iniciara en la edad madura.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

El predicador

Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén.
Eclesiastés 1:12

Hubo un tiempo en el que estuve de predicador.

Mi madre era hija de un pastor bautista y aunque mi padre era comunista, yo era un adolescente muy emocional y me encariñé con las parábolas de Jesús y las cartas de los apóstoles.
Eran tiempos difíciles en los que la gente buscaba esperanzas. Siempre hay tiempos difíciles y es fácil darle a la gente esperanzas en cosas que no se ven. Esas cosas se convierten entonces en sentimientos potentes que pueden impulsar la vida de uno.
Predicar era para mí como hacer poesía, una poesía con un mensaje trascendente, enlazando las palabras de Jesús con la realidad cotidiana, de manera que saliera a la luz el significado oculto de las cosas. Esto me inspiraba, y a veces era capaz de transmitir esa inspiración a los demás. Entonces todos cantábamos y dábamos gracias al Hijo del Hombre por hacer de esta vida sin sentido una flor recién abierta.
Íbamos por los hospitales hablando de estas cosas a los enfermos. Muchos nos miraban incrédulos, pero otros se dejaban inundar por la emoción del mensaje y aceptaban a Jesús como su salvador personal. Tal vez estaban próximos a la muerte y aquellas palabras de otro desesperado les ayudaban a morir en paz consigo mismos.
Dejé de predicar cuando una chica pelirroja me enseñó que había otro mundo más allá de las palabras. El mensaje de aquella chica era incompatible con el puritanismo evangélico, así que cambié de rumbo. Pero siempre recordaré mi etapa de predicador con un cariño especial.

Pausa en la nostalgia

Mi angustia
es el eco
de la risa de Dios

Pedro Casariego Córdoba

Venías luego,
cuando el sol se deshacía en el horizonte,
y echábamos juntos unas risas,
entre inspiración y expiración de la tarde.

Los gorriones saltaban en el césped amarillo,
piaban y se insultaban unos a otros
por un trozo de pan duro.

Pero cuando los pulmones de la tarde
se detenían,
esa cosa extraña los mandaba callar
y llenaba ella sola todo el parque.

Ni siquiera se escuchaban los carros.

Todo el mundo dejaba el parloteo,
como si hubiera pasado un ángel.

Yo no sabía qué era aquello.

Yo era un adolescente como cualquier otro
y adolecía de casi todo.

No tenía ni siquiera esta nostalgia de ti,
que desde entonces me acompaña.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

El gallinero

Yo estaba sentado con las piernas cruzadas en la azotea y miraba las gallinas. Estaban apiñadas en una jaula de madera con alambres y cacareaban sin parar. Todas eran blancas, gordas y feas, y engullían el pienso que se robaba mi padre de la granja en pocos minutos.

Me aburría mirarlas, pero no había mucho que hacer por las tardes en los tejados de mi casa. Por las mañanas era más divertido, porque podía espiar, por la claraboya de la panadería, el inmenso horno donde metían el pan con aquellas varas larguísimas. Pero eso tenía que ser los fines de semana, cuando no tenía cole.

Aquel día descubrí a la vecina de al lado que acababa de salir del baño. Yo estaba detrás del gallinero y mi vecina no podía verme. Terminó de secarse y dejó caer la toalla para mirarse en el espejo, y poco a poco empezó a acariciarse los senos y a meterse mano ella misma. A mí se me puso dura porque la chica, aunque era tan fea como las gallinas de mi padre, estaba muy buena, y se veía que disfrutaba con su cuerpo.

Cuando bajé de la azotea mi padre me preguntó si me habían gustado las gallinas. Le dije que sí para variar y que si quería yo me encargaba de echarles el pienso de vez en cuando.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

La otra orilla

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Yo jugaba en la orilla de un río.

Mi cara se reflejaba en el agua
y yo me preguntaba
por qué el agua no se llevaba mi cara.

Una chica me había dicho adiós.

Yo pensaba entonces
que tal vez su cara se reflejaba
en otro río como este,
en otras aguas como estas,
junto a alguien como yo,
que tal vez se hacía otras preguntas.

Y miraba aquella agua que hacía ondas
mientras un pájaro invisible volaba sobre ellas
y una música invisible
saltaba
de orilla a orilla
salpicando mi cara sobre las piedras.

Tenía sólo 15 años
y me preguntaba
por qué el agua
no arrastraba mi cara
hasta el fondo
de la mar azul.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)