Canto XXVII

la abrigada espera
la que nada puede decir de sí misma
nos complace mirarla con alegría
mirar cómo se extiende
por la piel de los árboles y canta

un pájaro feroz no es en ella un pájaro
sino una voz que describe las sombras
(las que van atravesando la luz
¿o es que la luz las atraviesa?)
la gota que cae en la fuente hasta el fin
el murmullo de la tierra
la última revelación de una florecilla silvestre
que no es precisamente su olor
o su belleza extinta
sino el acto de nacer para morir

se está tan bien aquí que uno imagina
que esa piedra encendida es una mano
que se nos tiende
del universo entero
del detrás de las cosas común con el nuestro
una mano cálidamente extendida
silenciosamente
hacia el corazón

E.
(de Canto al Infinito)

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