Un poema de Aleksandr Aronov

Cuando precisemos la lengua
y nombremos a la piedra como se debe,
ella misma nos contará acerca de su nacimiento,
cuál es su objetivo y cuál es su recompensa.

Cuando encontremos el nombre único
de la estrella,
junto a sus planetas,
abandonará la mudez y la oscuridad.

Entonces, que no asombre
el balbuceo infantil de la hierba,
la ciudad es tímida, la fábrica es tranquila,
y los pájaros están roncos de tantas preocupaciones.

Lo que estaba lejos, se acercará.
Triunfará lo más débil.
El silencio no existe
en la lengua verdadera.

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