Árbol en el bosque, de Edith Södergran

Una vez creció un árbol en el bosque, era bellísimo y fuerte:
yo lo vi ……
Se levantaba sobre las nieblas más profundas hasta las cimas de la tierra en solitario relucir.
Y ahora me dicen que el rayo lo taló …..
¿Qué hacer
contra el trueno devastador y el rayo mortal?
Pero yo había visto ese árbol en el bosque,
y lo recordaré
mientras tengan raíz las canciones. 

Zazen, de José Kozer

Desde una ventana en altos la lancha seguida por el 
martín pescador, avanza.
Las aguas, forjan el estero: las aguas forjan una 
península.
No desembocan.
En una habitación el pescador al alba se rasura 
delante de un pedazo cuarteado de espejo 
delante de la jarra sobre la palangana que 
extrajera de alguna rotura del agua.

Un poema de Miriam R. Krüger

Yo vengo del otro lado del mundo
donde al Sol lo llamamos Dios,
la Luna su Hermana
y la Tierra es la Madre.
Yo vengo de Selva Virgen,
de Cordillera Blanca y Cordillera Negra; 
descendiente de un gran Imperio,
nacemos de piel bronceada
y con ritmo en el cuerpo.
Yo vengo de la tierra donde alguien
una vez creyó descubrir,
sin embargo nosotros siempre estuvimos allí.

Soy un albañil, de Tomaz Salamun

Soy un albañil, un sacerdote del polvo
fuerte como un monstruo, como la corteza del pan
soy un nenúfar, soy un guerrero de los árboles sagrados
de los sagrados sueños, grito con los ángeles
soy un castillo, una pared muerta
conduzco naves, soy un barquero para los viajeros
¡Oh madera! ¡madera!
garzas, venid, sangre
venid, jardineros; luz, ilumina
ven, mano extendida, cristal
azules remolinos, ven, tersura
viento que deslizas seres de otros campos
aquí los prados están quemados, la lava bulle
los pastores esperan, agitando sus alas impacientes
los perros se olfatean, los ovejeros,
aquí se yergue la memoria, el orden, los signos del porvenir.

Los fragmentos de la noche, de José Lezama Lima

Cómo aislar los fragmentos de la noche
para apretar algo con las manos,
como la liebre penetra en su oscuridad
separando dos estrellas
apoyadas en el brillo de la yerba húmeda.
La noche respira en una intocable humedad,
no en el centro de la esfera que vuela.
y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos, 
hasta formar el irrompible tejido de la noche,
sutil y completo como los dedos unidos
que apenas dejan pasar el agua,
como un cestillo mágico
que nada vacío dentro del río.
Yo quería separar mis manos de la noche,
pero se oía una gran sonoridad que no se oía,
como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina
silenciosa en la esquina del templo.
La noche era un reloj no para el tiempo.
sino para la luz,
era un pulpo que era una piedra,
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Yo quería rescatar la noche
aislando sus fragmentos,
que nada sabían de un cuerpo,
de una tuba de órgano
sino la sustancia que vuela
desconociendo los pestañeos de la luz.
Quería rescatar la respiración
y se alzaba en su soledad y esplendor,
hasta formar el neuma universal
anterior a la aparición del hombre.
La suma respirante
que forma los grandes continentes
de la aurora que sonríe
con zancos infantiles.
Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
y formar una sustancia universal,
comencé entonces a sumergir
los dedos y los ojos en la noche,
le soltaba todas las amarras a la barcaza.
Era un combate sin término,
entre lo que yo le quería quitar a la noche ,
y lo que la noche me regalaba.
El sueño, con contornos de diamante,
detenía a la liebre
con orejas de trébol.
Momentáneamente tuve que abandonar la casa
para darle paso a la noche.
Qué brusquedad rompió esa continuidad,
entre la noche trazando el techo,
sosteniéndolo como entre dos nubes
que flotaban en la oscuridad sumergida.
En el comienzo que no anota los nombres,
la llegada de lo diferenciado con campanillas
de acero, con ojos
para la profundidad de las aguas
donde la noche reposaba.
Como en un incendio,
yo quería sacar los recuerdos de la noche,
el tintineo hacia dentro del golpe mate,
como cuando con la palma de la mano
golpeamos la masa de pan.
El sueño volvió a detener a la liebre
que arañaba mis brazos
con palillos de aguarrás.
Riéndose, repartía por mi rostro grandes cicatrices.

Biografía, de Pedro Casariego

     si

       alguna
                vez
                    muero
quiero azaleas encima de mí
       quiero una ausencia de cruces
              azaleas encima de mí
     si

       alguna
                vez
                    vivo
quiero azaleas para mis brazos
        quiero agua para las flores
                estrellas encima de mí