Al amanecer, de Czeslaw Milosz

Cuánta persistencia, cómo necesitamos durabilidad.
El cielo antes de la salida del sol está empapado de luz.
Un color rosado tiñe edificios, puentes, y el Sena.
Estuve aquí cuando ella, con quien camino, no había nacido aún
Y las ciudades sobre una distante llanura estaban intactas
Antes de elevarse por el aire con el polvo de ladrillo sepulcral
Y la gente que vivía allí no lo sabía.
Para mí, sólo este momento al amanecer es real.
Las vidas pasadas son como mi propia vida anterior, inciertas.
Lanzo un hechizo a la ciudad pidiéndole que dure.

Un poema de John F. Deane

Nacido del mar, tengo inclinaciones hacia el mar; soy 
una isla en esta tierra, arrastrado de aquí para allá, marea que va y viene
los sentidos desplazándose como lo hacen las arenas, el alma 
a la deriva. Prisionero del tiempo, y vos, mi amor,
sos la eternidad, la corriente en mis profundidades, 
mi prometida ribera. Y cuando me alejo de vos,
llevando mis palabras hacia lugares secos y sofisticados, 
una fuerza me arrastra hacia vos, dulce desesperación, esta tormenta submarina.

Un poema de Cortázar

Esta ternura y estas manos libres, ¿A quién darlas bajo el viento?
Tanto arroz para la zorra, y en medio del llamado
la ansiedad de esa puerta abierta para nadie.
Hicimos pan tan blanco
para bocas ya muertas que aceptaban
solamente una luna de colmillo, el té
frío de la vela al alba.
Tocamos instrumentos para la ciega cólera
de sombras y sombreros olvidados. Nos quedamos
con los presentes ordenados en una mesa inútil,
y fue preciso beber la sidra caliente
en la vergüenza de la medianoche.
Entonces, ¿nadie quiere esto, nadie?
Julio Cortázar

Dulce bailarina

La muchacha llega bailando ahí,
sobre el mullido terreno sembrado de hojas,
con pasto recién cortado del jardín.
Escapada de su amarga juventud,
escapada de su propia multitud,
o de su íntimo nubarrón.
¡Ah, bailarina, ah, dulce bailarina!
Si hombres extraños desde la casa llegan
para arrastrarla afuera, no digas
que ella es feliz porque está loca;
desvíalos con suavidad;
déjala terminar su danza,   
déjala terminar su danza.
¡Ah, bailarina, ah, dulce bailarina!
W.B. Yeats

LA RUMBA

¡Zumba, mamá, la rumba y tambó! 
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bomgó! 
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó! 
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bomgó! 
¡Cómo baila la rumba la negra Tomasa! 
¡Cómo baila la rumba José Encarnación! 
Ella mueve una pierna, ella mueve la otra, 
él se estira, se encoge, dispara la grupa, 
el vientre dispara, se agacha, camina, 
sobre el uno y el otro talón. 
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui! 
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui! 
Las ancas potentes de niña Tomasa
en torno de un eje invisible,
como un reguilete rotan con furor,
desafiando con rítmico, lúbrico disloque,
el salaz ataque de Ché Encarnación:
muñeco de cuerda que, rígido el cuerpo,
hacia atrás el busto, en arco hacia’lante
abdomen y piernas, brazos encogidos
a saltos iguales de la inquieta grupa
va en persecusión.
Cambia e’paso, Cheché; cambia e’paso, Cheché.
Cambia e’paso, Cheché; cambia e’paso, Cheché.
La negra Tomasa, con lascivo gesto, 
hurta la cadera, alza la cabeza,
y en alto los brazos, enlaza las manos,
en ellas reposa la ebónica nuca
y, procaz, ofrece sus senos rotundos,
que, oscilando, de diestra a siniestra,
encandilan a Chepe Chacón.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui! 
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
Frenético el negro se lanza al asalto
y, el pañuelo de seda en sus manos,
se dispone a marcar a la negra Tomasa,
que lo reta, insolente, con un buen vacunao.
“¡Ahora!”, lanzando con rabia el fuetazo,
aúlla el moreno. (Los ojos son ascuas, le falta la voz
y hay un diablo en el cuerpo de Ché Encarnación).
La negra Tomasa esquiva el castigo
y en tono de burla lanza un insultante
y estridente “¡No!”
y, valiente se vuelve y menea la grupa
ante el derrotado José Encarnación.
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó! 
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bomgó!
Repican los palos,
suena la maraca,
zumba la botija
se rompe el bongó.
Y las cabezas son dos cocos secos 
en que alguno con yeso escribera, 
arriba, una diéresis, abajo un guión. 
Y los dos cuerpos de los dos negros 
son dos espejos de sudor. 
Repican las claves, 
suena la botija, 
se rompe el bongó.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, chariqui! 
¡Chaqui, chaqui, chaqui, chariqui! 
Llega el paroxismo, tiemblan los danzantes 
y el bembé le baja a Chepe Cachón; 
y el bongó se rompe al volverse loco, 
a niña Tomasa le baja el changó.
¡Piqui-tiqui-pan, piqui-tiqui-pan! 
¡Piqui-tiqui-pan, piqui-tiqui-pan! 
Al suelo se viene la niña Tomasa, 
al suelo se viene José Encarnación; 
y allí se revuelcan con mil contorsiones, 
se les sube el santo, se rompió el bongó. 
¡Se acabó la rumba, con-con-co-mabó! 
¡Pa-ca, pa-ca, pa-ca, pa-ca, pa-ca! 
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
JOSÉ ZACARÍAS TALLET